Oxitocina, la hormona del amor


Entre los años 50 y 70 del siglo pasado, el psiquiatra infantil John Bowlby, afirmó a través de un gran número de estudios que la relación que establece el recién nacido con sus padres es fundamental para el desarrollo equilibrado del niño y además que dicha relación tiene que estar fundamentada en la satisfacción y goce mutuo de forma continuada.

Desde entonces profesionales de distintas áreas: psicología, neurología, medicina entre otras ciencias han seguido con esos estudios y la conclusión es que todos los bebés al nacer, necesitan sentirse queridos.

En el momento del nacimiento se producen acontecimientos importantes desde el punto de vista de la química del cerebro que nunca se volverán a repetir y están relacionados con el amor, la unión y la entrega a través de lo cual se construye el vínculo de apego.

Bowly decía que la relación que se establece entre la madre y el hijo no es un capricho ni algo que pasa porque sí, sino que es algo fundamental en la protección y supervivencia de la especie humana. En caso de que ese vínculo se altere por la separación de la madre, siempre se va a desencadenar una respuesta de protesta y todo está íntimamente relacionado con una serie de mecanismos hormonales y bioquímicos, de tal forma que si estos se viesen alterados tanto en el cerebro de la madre como del bebé, se pueden traducir en una mayor predisposición a patologías mentales.

En este vínculo del apego intervienen una serie de hormonas, fundamentalmente la oxitocina y otras como el cortisol o la vasopresina.

La oxitocina, es una hormona que no solo tiene que ver con la vinculación entre madre e hijo, sino también con las interacciones sociales y el romance. La hormona del amor, es la responsable de este vínculo madre – bebé en condiciones idóneas, invadiendo el cerebro del bebé y de la madre durante los primeros años de vida, ayudando a crear las conexiones neuronales necesarias para que el desarrollo cerebral sea satisfactorio. A más oxitocina, mejor es el desarrollo de la empatía y la sociabilidad, niños más bondadosos e inteligentes.

En resumen podría decirse que es fundamental cuidar a las madres para que puedan relacionarse amorosamente con sus bebés. Cuidarlas significa escucharlas, respetarlas, sostenerlas, aspectos que todavía hoy no se tiene en cuenta en nuestra sociedad. Las madres por naturaleza somos verdaderas expertas y conocedoras de nuestros hijos y todavía hoy suelo escuchar en el entorno médico y también educativo sentencias como “esa madre es una histérica”, sentencia que no solo daña a la madre sino al niño.

El hombre durante décadas ha manipulado la naturaleza sin medir las consecuencias; podemos encontrar una relación muy estrecha entre el trato que se dio a la naturaleza y el que recibieron las parturientas y sus bebés y existen evidencias comprobadas de que los bebés cuyos nacimientos no son perturbados con sustancias químicas, que crecen sin ser separados de sus madres durante los primeros meses o años de vida, que son amamantados a demanda durante los primeros años…no solo crecen sanos y enferman menos sino que son más alegres, empáticos y amorosos. Esa relación positiva consigo mismo los hace desarrollar una relación con su medio ambiente natural mucho más sostenible. Una relación que no está marcada por la dominación ni la destrucción de la naturaleza.

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